Monday, 10 October 2011 13:05

El blanco da muy buen rollo. Es el color de la paz, sobre todo, o de la rendición, en algunos casos. Y así se comportaron las 17.000 personas que la noche del sábado se reunieron bailando durante siete horas (hasta pasadas las cinco de la mañana de ayer) en el Palau Sant Jordi, todos de blanco, de arriba a abajo, de dentro y afuera, rindiéndose al son house y trance de seis DJ's y abrazándose unos a otros, desconocidos entre ellos, como si celebrasen una fiesta de la paz. Una fiesta internacional, porque el Sant Jordi se llenó de todas las nacionalidades y todas las edades.
Fue, seguramente, la fiesta dance más grande, en una sola sala, jamás montada en España, tras el debut de este invento (Sensation) hace dos años en Madrid. Fueron los holandeses de una agencia de márketing los que inventaron el espectáculo en el 2000, estrenándolo bajo el nombre de White Sensation, con ese color predominante, reinante, absoluto: nadie entra en esa fiesta discotequera si no va de blanco. Y desde Amsterdam, se expandió por el mundo, aterrizando por fin, tras 11 años, en una Barcelona donde las entradas se agotaron rapidísimas, pese a la novedad y el desconocimiento de muchos.
Y el Palau Sant Jordi se vistió también de blanco, desde las entradas hasta los pasillos, además de la decoración, dominada por tres flores gigantes de lotus en el centro, desde uno de los cuales actuaban los DJ's, con los españoles Wally López (del segundo de la larga noche, de siete horas ininterrumpidas) hasta Daniel y Juan Sánchez, que la clausuraron, con Mr White abriendo el fuego y sus compatriotas holandeses Fedde le Grand y el dúo Sunnery James y Ryan Marciiano llevando el peso de la noche más movida, junto al iraní Sharam, que sufrió un apagón cuando acababa de empezar un espectacular juego de fuego y mujeres. Un apagón que, casi toda la noche, impidió que el lotus central de los pinchadiscos pudiese dar vueltas para que todo el público viera las actuaciones. Fue una de las dos manchas negras de la noche blanca; la otra fue que, sospechosamente, prácticamente todos los tiradores de cerveza de todo el recinto, a excepción de dos, dejaron de funcionar al poco de comenzar el espectáculo, patrocinado por una marca de bebida energética y otra de mojitos.
Hasta el lema del Sensation Innerspace (espacio interino, en inglés) apelaba a ese buen rollo, con las siete chakras iluminando la fiesta con siete proposiciones: «Estoy aquí, siento, hago, amo, hablo, miro, entiendo». Y muchos se amaban, a ritmos frenéticos, con impresionantes juegos de luces, y siempre ese color blanco dominando todo. «Parece que todo lleva el color de la cocaína», decía un recién llegado en los pasillos, pero incluso en eso la fiesta se alejaba mucho del aspecto habitual de muchas madrugadas de discoteca en la ciudad. Pululaban algunos traficantes de drogas por el recinto, pero encontraban poco interés entre una audiencia más entregada a la música, a pasar una noche divertida en blanco, pasarse más de siete horas bailando sin ganas de abandonar la montaña de Montjuïc. EDWIN WINKELS para EL PERIÓDICO