
Cuatro años ha tardado Madonna en publicar un nuevo disco de estudio, MDNA, un lapso quizás excesivo para una industria que, apremiada por internet, se ha dado prisa en madurar las alternativas pujantes de Britney Spears, Lady Gaga y Rihanna.
Su duodécimo álbum, que se lanza hoy en todo el mundo, tratará de dilucidar si, en ese nuevo panorama, treinta años de carrera y 200 millones de discos constituyen pilares suficientemente sólidos como para sostener su reinado.
Mirando en esa dirección, Madonna parece haber querido recompensar la paciencia de sus seguidores con un disco esencialmente bailable, que pasa de las estrictas bases de "house y tecno" del principio a una zona central más frívola, y que, ya al final, también deja espacio para la delicadeza.
Esa división estilística coincide, a grandes rasgos, con el sello de los tres productores más destacados que confluyen en MDNA: Benny Benassi, Martin Solveig y, cómo no, William Orbit, junto al que facturó el aplaudido Ray of Light (1998).
Bennasi es el principal responsable de las inyecciones de adrenalina. Suyo es el primer tema del disco y, a la sazón, segundo sencillo, el discotequero Girl Gone Wild, cuyo videoclip fue presentado esta misma semana, ensalzando el pasado glorioso de Vogue y Erotica.
El italiano también es el encargado del tercer corte, I'm Addicted, que juega al equívoco con el mundo de las drogas, igual que el disco mismo, pues MDNA se parece mucho al nombre que recibe en inglés la droga de diseño conocida como éxtasis, MDMA.
Este primer bloque se completa con Gang Bang, una producción de William Orbit y uno de los temas más singulares, gracias a su cadencia grave y oscura, contenida, en el que Madonna susurra "bang, bang" entre sonidos de escopeta.
Sorprende que entre los créditos de la canción figure el nombre de un artista tan colorido como Mika, quien describió el tono de Gang Bang como "underground, maravilloso y bizarro".
Martin Solveig toma el relevo con Turn Up The Radio, dando paso a un tramo igualmente bailable, pero mucho más desenfadado, teatral e inofensivo. Es la parte en la que se integran I Don't Give A y el primer single, Gimme All Your Luvin', que cuenta con las colaboraciones ya conocidas de las raperas Nicki Minaj y M.I.A.
Con humor y psicodelia llega la aceptación del pecado en I'm a Sinner, nuevamente de la mano de Orbit y con un estilo que recuerda ligeramente al del Beautiful Stranger que grabó para la BSO de la segunda parte de Austin Powers.
Es el propio Orbit, nuevamente inspirado, el encargado de cerrar el disco con tres cortes más reposados, sentimentales y evocadores. Se trata de Love Spent, Falling Free y la conocida Masterpiece, premiada con un Globo de Oro a la mejor canción, como tema central de W.E., película que dirigió la propia Madonna.
Madonna comparó la intensidad de este disco con la de un "animal enjaulado", en alusión a su violencia contenida, siempre a punto de explotar. Siguiendo el símil, la artista enseña los dientes, pero nunca echa la zarpa encima.